lunes, 4 de febrero de 2013

Birthday letters (Cartas de cumpleaños), de Ted Hughes












Criticar libros de poesía me resulta particularmente difícil. Mi capacidad analítica en este campo está severamente mermada por no haber sido nunca suficientemente desarrollada, pero sigo intentándolo. Siempre tratando de no caer en que la crítica del libro sea como las que suelo hacer del vino en las comidas: "Este me gusta, este no y poco más". Bueno, venga: Este me gusta.


Ted Hughes estuvo casado con la poetisa Sylvia Plath hasta el día en que esta se suicidó. Esta colección de poemas tiene un origen cuanto menos curioso: cada día del cumpleaños de Plath desde el año en que esta murió, Hughes le escribió uno o varios poemas reflexionando sobre algun momento o aspecto de su vida en común. Así nacieron estos 88 poemas, cada uno con un año más de madurez del poeta y un año más sin Plath. En total, Hughes tardó unos veinticinco años en publicarlos, haciéndolo poco antes de morir él mismo.

Esta especie de diálogo de ultratumba de Hughes con Plath, que a ratos recuerda a una especie de explicaciones  a si mismo acerca de lo que no se sabe si llegó a decir a la poetisa en vida, no puede leerse sin saber algo acerca de la vida de ambos. Mientras más lo pienso, más convencido estoy de que el poeta adoptó la única posible actitud sensata con respecto al tema de su vida con Plath y la muerte de esta: el silencio casi absoluto. No conversó casi nada acerca del tema y al hacerlo evitó entrar en polémicas con los que le culpabilizaban por el suicidio de aquella. Casi unicamente a través de estas cartas podemos hacernos ideas de ciertas cosas. O de como veía Hughes ciertas cosas, pasado el tiempo. Esos siete años de matrimonio que acabaron por mediación del horno de gas de la cocina. No ayudó a mejorar la imagen de Hughes el hecho de haber abandonado a Plath poco antes de su suicidio o la forma en que después de esto, el se convirtió en la única persona autorizada para revisar y publicar los diarios que ella dejó y el organizador de sus Obras Completas, siendo acusado de hacerlo de manera fría e impersonal.


Tiempos felices. Plath y Hughes.

Pero pocos hoy día podrían discutir que Hughes ha sido uno de los grandes poetas ingleses (y mundiales) del pasado siglo. El título de Poeta Laureado (Poet Laureate) no le vino caido del cielo. Su obra poetíca es densa y magnifica y desde luego, puedo decir que de lo que le he leído no es este el volumen que más me ha gustado. Pero si es extremadamente interesante para los que admiramos a ambos componentes del matrimonio. Ninguno de los poemas narra directamente nada relacionado con la muerte de su esposa, pero en un último poema, encontrado de manera póstuma en 2010 (Hughes murió en 1998) titulado Last letter es donde se halla lo mas cercano a una exposición de sus sentimientos. Este poema gira en torno a los tres últimos días de la vida de Sylvia antes de su muerte. Parece que después de mucho meditar y rehacer el poema, decidió no incluirlo en esta recopilación. Posteriormente fue encontrado en su archivo personal. El poema tiene varias versiones, una de las cuales se inicia así:
¿Qué ocurrió la noche del domingo? ¿Tu última noche? Lo que recuerdo de ella
Y recuerda como recibió, por teléfono, la noticia de la muerte:
Una voz como un arma elegida/ o una inyección medida con cuidado/transportó fríamente cuatro palabras hasta el fondo de mi oído:/su esposa ha muerto
Página manuscrita por Hughes con una de
las versiones de Last letter.


De manera incidental hay que recordar que Assia Wevill, la mujer por la que Hughes dejó a Plath se suicidó (también con gas en la cocina) años después, matando antes a la hija de ambos. El hijo que tuvo con Sylvia Plath, también se suicidó. Vamos, una alegría. Assia escribía en su diario: "Sylvia está creciendo en Ted, enorme y espléndidamente. Yo me encojo cada día, mordisqueada por ambos"

Ted Hughes y Assia, con la hija de ambos.


Pero como lo que me interesa de este hombre es su obra esencialmente, no me cansaré de recomendarla. Este volumen fue extraordinariamente alabado por sus compañeros (se le concedió el prestigioso premio Whitbread) y admirado por los lectores. Una buena introducción a su obra, pero bastante diferente al resto de sus libros de poemas.


Fulbright Scholars

Where was it, in the Strand? A display
Of news items, in photographs.
For some reason I noticed it.
A picture of that year's intake
Of Fulbright Scholars. Just arriving -
Or arrived.  Or some of them.
Were you among them?  I studied it.
Not too minutely, wondering
Which of them I might meet.
I remember that thought.  Not
Your face.  No doubt I scanned particularly
The girls.  Maybe I noticed you.
Maybe I weighed you up, feeling unlikely.
Noted your long hair, loose waves -
Your Veronica Lake bang.  Not what it hid.
It would appear blond. And your grin.
Your exaggerated American
Grin for the cameras, the judges, the strangers, the frighteners.
Then I forgot.  Yet I remember
The picture : the Fulbright Scholars.
With their luggage?  It seems unlikely.
Could they have come as a team? That's as I remember.
From a stall near Charing Cross Station.
It was the first fresh peach I had ever tasted.
I could hardly believe how delicious.
At twenty-five I was dumbfounded afresh
By my ignorance of the simplest things.



La verdad es que con este libro se corre un riesgo. Un severo riesgo, especialmente para los amantes de la poesía de Sylvia Plath: leerlo más a la búsqueda de claves relacionadas con la relación personal de ambos que disfrutarlo puramente como poesía. Pero como poesía pura es tremendamente bueno.

Edición española
La Ultima Carta no está incluida en esta recopilación, por lo que la transcribo aquí para quien pueda querer leerla. También una traducción al español hallada en la red (desconozco el traductor, por ello no lo menciono)


Last Letter (Ted Hughes)


What happened that night? Your final night.
Double, treble exposure
Over everything. Late afternoon, Friday,
My last sight of you alive.
Burning your letter to me, in the ashtray,
With that strange smile. Had I bungled your plan?
Had it surprised me sooner than you purposed?
Had I rushed it back to you too promptly?
One hour later—-you would have been gone
Where I could not have traced you.
I would have turned from your locked red door
That nobody would open
Still holding your letter,
A thunderbolt that could not earth itself.
That would have been electric shock treatment
For me.
Repeated over and over, all weekend,
As often as I read it, or thought of it.
That would have remade my brains, and my life.
The treatment that you planned needed some time.
I cannot imagine
How I would have got through that weekend.
I cannot imagine. Had you plotted it all?

Your note reached me too soon—-that same day,
Friday afternoon, posted in the morning.
The prevalent devils expedited it.
That was one more straw of ill-luck
Drawn against you by the Post-Office
And added to your load. I moved fast,
Through the snow-blue, February, London twilight.
Wept with relief when you opened the door.
A huddle of riddles in solution. Precocious tears
That failed to interpret to me, failed to divulge
Their real import. But what did you say
Over the smoking shards of that letter
So carefully annihilated, so calmly,
That let me release you, and leave you
To blow its ashes off your plan—-off the ashtray
Against which you would lean for me to read
The Doctor’s phone-number.
                                                 My escape
Had become such a hunted thing
Sleepless, hopeless, all its dreams exhausted,
Only wanting to be recaptured, only
Wanting to drop, out of its vacuum.
Two days of dangling nothing. Two days gratis.
Two days in no calendar, but stolen
From no world,
Beyond actuality, feeling, or name.

My love-life grabbed it. My numbed love-life
With its two mad needles,
Embroidering their rose, piercing and tugging
At their tapestry, their bloody tattoo
Somewhere behind my navel,
Treading that morass of emblazon,
Two mad needles, criss-crossing their stitches,
Selecting among my nerves
For their colours, refashioning me
Inside my own skin, each refashioning the other
With their self-caricatures,

Their obsessed in and out. Two women
Each with her needle.

                                       That night
My dellarobbia Susan. I moved
With the circumspection
Of a flame in a fuse. My whole fury
Was an abandoned effort to blow up
The old globe where shadows bent over
My telltale track of ashes. I raced
From and from, face backwards, a film reversed,
Towards what? We went to Rugby St
Where you and I began.
Why did we go there? Of all places
Why did we go there? Perversity
In the artistry of our fate
Adjusted its refinements for you, for me
And for Susan. Solitaire
Played by the Minotaur of that maze
Even included Helen, in the ground-floor flat.
You had noted her—-a girl for a story.
You never met her. Few ever met her,
Except across the ears and raving mask
Of her Alsatian. You had not even glimpsed her.
You had only recoiled
When her demented animal crashed its weight
Against her door, as we slipped through the hallway;
And heard it choking on infinite German hatred.

That Sunday night she eased her door open
Its few permitted inches.
Susan greeted the black eyes, the unhappy
Overweight, lovely face, that peeped out
Across the little chain. The door closed.
We heard her consoling her jailor
Inside her cell, its kennel, where, days later,
She gassed her ferocious kupo, and herself.

Susan and I spent that night
In our wedding bed. I had not seen it
Since we lay there on our wedding day.
I did not take her back to my own bed.
It had occurred to me, your weekend over,
You might appear—-a surprise visitation.
Did you appear, to tap at my dark window?
So I stayed with Susan, hiding from you,
In our own wedding bed—-the same from which
Within three years she would be taken to die
In that same hospital where, within twelve hours,
I would find you dead.
                                                  Monday morning
I drove her to work, in the City,
Then parked my van North of Euston Road
And returned to where my telephone waited.

What happened that night, inside your hours,
Is as unknown as if it never happened.
What accumulation of your whole life,
Like effort unconscious, like birth
Pushing through the membrane of each slow second
Into the next, happened
Only as if it could not happen,
As if it was not happening. How often
Did the phone ring there in my empty room,
You hearing the ring in your receiver—-
At both ends the fading memory
Of a telephone ringing, in a brain
As if already dead. I count
How often you walked to the phone-booth
At the bottom of St George’s terrace.
You are there whenever I look, just turning
Out of Fitzroy Road, crossing over
Between the heaped up banks of dirty sugar.
In your long black coat,
With your plait coiled up at the back of your hair
You walk unable to move, or wake, and are
Already nobody walking
Walking by the railings under Primrose Hill
Towards the phone booth that can never be reached.
Before midnight. After midnight. Again.
Again. Again. And, near dawn, again.

At what position of the hands on my watch-face
Did your last attempt,
Already deeply past
My being able to hear it, shake the pillow
Of that empty bed? A last time
Lightly touch at my books, and my papers?
By the time I got there my phone was asleep.
The pillow innocent. My room slept,
Already filled with the snowlit morning light.
I lit my fire. I had got out my papers.
And I had started to write when the telephone
Jerked awake, in a jabbering alarm,
Remembering everything. It recovered in my hand.
Then a voice like a selected weapon
Or a measured injection,
Coolly delivered its four words
Deep into my ear: ‘Your wife is dead.’

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Ultima Carta (Ted Hughes)


¿Qué ocurrió aquella noche? Aquella última noche
En que todo fue expuesto dos veces,
Tres. Te vi viva por última vez
Al caer la tarde del viernes
Quemando en el cenicero con una extraña sonrisa
Esa última carta a mí. ¿Había yo estropeado tus planes?
¿O me había sorprendido antes de lo que tenías previsto?
Una hora más tarde y ya te habrías marchado
Donde yo no pudiese encontrarte.
Yo, con tu carta en la mano,
Un rayo que no podía llegar a la tierra,
Me habría alejado de tu puerta cerrada y roja
Que ya nadie abriría.
Eso para mí
Hubiera sido un tratamiento de choque
Que se repetiría una vez y otra, todo el fin de semana,
Cuando la leyera o simplemente al pensarla.
Eso hubiera ordenado mis pensamiento y mi vida.
El tratamiento que planeabas necesitaba tiempo.
No puedo imaginarme cómo
Hubiera podido soportar ese fin de semana.
No puedo imaginarlo. ¿Lo tenías ya todo planeado?

Tu nota me llegó demasiado pronto. Ese mismo día,
Viernes en la tarde y la habías mandado en la mañana.
La adelantaron los demonios que siempre prevalecen.
Esa fue una más de las pajas de la mala suerte
Que contra ti quiso poner el servicio postal
Y que se añadió a tu carga. Salí rápido por entre la nieve
Ya azulada en Febrero. Anochecía en Londres.
Lloré de alivio cuando abriste la puerta.
Mil y un acertijos a solucionar. Lágrimas precoces
Que no pude interpretar, que fracasaron al comunicar
Su verdadera importancia. Pero lo que dijiste,
Sobre las cenizas aún humeantes de esa carta
Destruida con tanto cuidado, con tanta calma,
Me dejó dejarte, marcharme
Para que quitaras las cenizas de tu plan, del cenicero
En el que apoyaste para que yo leyera
El número de teléfono del doctor.
Mi huida
Se había convertido en un hechizo,
Desesperanzado e insomne, con todos sus sueños gastados,
Y yo sólo quería volver a capturarlos, sólo quería
Caer en algún sitio fuera de ese vacío.
Dos días de no hacer nada. Dos días gratis.
Dos días sin calendario y robados
De un mundo sin nombre
Más allá de lo del día, de sentimientos y de nombres.

El amor de mi vida lo agarró. El desmayado amor de mi vida
Con sus dos agujas locas,
Esas que tejían su rosa, esas que atravesaban y anudaban
En el tapete su tatuaje sangriento
En algún sitio y adentro de mí,
Anudando ese embrollo blasonado,
Dos agujas locas, pespuntando sus pespuntes,
Eligiendo
De mis nervios sus colores,
Rehaciéndose adentro de mi piel, rehaciéndose
La una a la otra como una caricatura.

Su obsesionado entrar y salir. Dos mujeres
Cada una con una aguja.

Esa noche
Mi Susan de De la Robbia. Me moví
Con la circunspección
De una llama en la mecha. Toda mi furia
Era un esfuerzo abandonado de volar
El viejo globo sobre el que las sombras doblaban
Mi delator rastro de ceniza. Corrí
De un lado a otro, corrí mirando atrás, una película al revés.
¿Corrí hacia dónde? Fuimos a Rugby Street
Donde tú y yo comenzamos.
¿Por qué fuimos allí? ¿De todos los lugares donde pudimos ir,
Por qué fuimos allí? La perversidad
En el arte de nuestro destino
Ajustó sus refinamientos para ti, para mí,
Para Susan. Un solitario
Que jugaba a ser el minotauro de ese laberinto
Que incluía hasta a Helena en la planta baja.
Tú te habías fijado en ella: una chica para un cuento.
Nunca la conociste. Pocos la conocieron
Si no era a través de los oídos y la máscara hambrienta
De su perro alsaciano. Tú ni siquiera la habías visto.
Tú tan solo te encogías
Cuando el demente animal se impactaba contra la puerta
Mientras atravesábamos el pasillo
Y la oíamos ahogarse en un infinito odio alemán.

Aquel sábado en la noche abrió su puerta
Apenas unos centímetros.
Susan se encontró con sus ojos negros, con el triste
Sobrepeso y la cara amorosa que se veía
Al otro lado de la cadena. Se cerró la puerta.
La oímos consolar al carcelero en su celda,
En su guarida, esa en la que apenas unos días después,
Lo ahogaría en gas, se ahogaría ella misma.

Susan y yo pasamos esa noche
En la cama de nuestra primera noche. No lo había vuelto a ver
Desde que nos tumbamos en ella la noche de bodas.
No me la llevé a mi propia cama.
Se me ocurrió que con el fin de semana
Pudieras aparecer en una visita sorpresa.
¿Apareciste para tocar en mi ventana oscura?
Por eso me quedé con Susan escondiéndome de ti
En nuestro lecho conyugal, el mismo
Del que en tres años se la llevarían a morir
Al mismo hospital en el que,
En doce horas,
Yo te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
La llevé al trabajo, a la City
Y después estacioné el auto al norte de Euston Road
Y volví a donde mi teléfono me esperaba.

Lo que pasó esa noche, en tus horas,
Nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido.
La acumulación de toda tu vida,
Como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento
Que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo
Hasta el siguiente, ocurrió
Sólo como si no pudiese ocurrir,
Como si no estuviera ocurriendo. ¿Cuántas veces sonó
En mi habitación vacía el teléfono
Contigo en el tuyo oyendo el tono
Y a ambos lados una memoria que se desvanece
De un teléfono sonando
En una mente que ya estaba muerta.
Cuento las veces que fuiste hasta la cabina
Al final de Saint George.
Ahí estás siempre que miro, apenas
A la salida de Fitzroy Road, cruzando
Entre los montículos de azúcar sucio.
Con tu largo abrigo negro,
Con la coleta a tus espaldas,
Con tu andar que no se mueve ni despierta
Y nadie más anda,
Andando por las escaleras de Primrose Hill
Hacia la cabina de teléfono a la que nunca llegas.
Antes de medianoche. Después. Otra vez
Y otra y otra vez. Y, ya cerca del alba, otra.

¿En qué posición de las manecillas de mi reloj hiciste
Tu último intento,
Ya más allá de mí capacidad de escucharlo
Y agitaste la almohada
De esa cama vacía? ¿Una última vez
Que rozó apenas mis papeles y mis libros?
Cuando llegué el teléfono ya estaba dormido.
La almohada inocente. Dormía mi habitación
Henchida de la nevada luz matutina.
Encendí el fuego y saqué los papeles.
Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono
Se despertó como alarmado,
Como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano.
Y después, como un arma elegida cuidadosamente
O como una inyección,
Depositó con frialdad sus cuatro palabras
En lo más profundo de mi oído: “Su esposa ha muerto”.





En inglés: Ted Hughes. Birthday letters. Edt Faber & Faber. 2002. 208 pps.
En español. Ted Huges. Cartas de cumpleaños. Edit Lumen. 1999. 458 pps.


6 comentarios:

  1. Grandísima entrada para ir calentando motores para el 50 aniversario de la muerte de Sylvia Plath.

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    1. Hola, Cristina, me alegro mucho de saludarte.
      Pues ¿te puedes creer que después de llevar casi un año leyendo intermitentemente a Plath, Hughes y últimamente Anne Sexton ni me había dado por pensar que queda justo una semana para ese aniversario? Muchas gracias por recordármelo. Redoblaré esfuerzos con su obra, que la verdad, cada vez disfruto más....
      Saludos.

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  2. Hola Oscar, como ya comentamos alguna vez, es tremendamente injusto que cada vez que se habla de Hughes tenga que salir Plath a relucir. Supongo que ciertas referencias son inevitables, pero cuando miras un poco por ahí, da la sensación que era un caradura (que no niego que lo fuera) sin ningún talento que vivía de explotar a Sylvia y explotar su obra tras su muerte. Pero Hughes fue un enorme poeta, uno de los grandes poetas ingleses del XX.
    Así que aprovecho para revindicar una vez más a Hughes.
    Saludos.

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    1. Nada de nada de caradura, totalmente de acuerdo. Un magnífico poeta que me está dando muy buenos momentos. Lo de que Sylvia Plath salga a relucir es ya inevitable. Van indisolublemente unidos. Pero mucha gente yo creo que no le critica a Hughes que se hiciera rico a costa de explotar los poemas completos de Plath. Las críticas suelen ir por otro lado. Suelen ir más (aparte por supuesto de los que critican que la dejara, pero ya he dicho que vivir con una mujer como Plath no debía ser nada, nada fácil independientemente de la naturaleza voluble de Hughes con las mujeres) por el camino de que cuando le encargaron recopilar y comentar las obras de Plath, lo hizo de una manera fría, desprovista de toda emoción ni siquiera de suficientes elogios para con ella. De hecho en cierta medida esto (se quiera criticar o no) es cierto. Cualquier académico que prologue a Plath lo hace con más cariño y aparente admiración que Hughes. Y por otro lado, es evidente que poca gente pudo comprender tan bien como Hughes la valía de Plath como poeta.
      Por tanto, lo mejor es separarlos en la cabeza y considerarlos como dos colosos que se encontraron por ahí, pero cada uno tiene su propia estatura.
      Así que me uno a tu reivindicación.
      Saludos.

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  3. No he leído nada de Hughes: lo cierto es que también siento un poco de pavor delante de la poesía. Pero durante el último año he alternado a Sexton y a Plath (La campana de cristal) así que si que me atrevería a leer a Hughes ahora, por cierto, que hombre más gafado era, más que nada porque lo que nos has enseñado de su obra me ha gustado.

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    1. Si te gusta Plath es muy fácil que te guste Hughes. Yo tiendo a clasificar los poetas según el nivel de comprensión que alcanzo al leer sus poemas en ingle´s, tanto por el idioma como por la estructura poética. Y Plath y Hughes me parecen similares.
      De Hughes tienes varias ediciones bilingües (échale un vistazo a "El azor en el páramo"), lo que en el mundo de la poesía creo que ayuda a veces.
      Respecto de su vida estoy totalmente de acuerdo. Con mucho menos se han hecho culebrones de 150 capítulos.
      Saludos

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