domingo, 12 de agosto de 2012

Shuttlecock, de Graham Swift












No es la primera vez que se lee este tipo de historia. Una historia de eso que se da en llamar "Thriller psicológico" en que el trabajo del protagonista juega parte vital en la trama. Ya me cautivó la historia de aquel Don José de Todos los nombres de Saramago, aquel funcionario del registro civil que se obsesiona con las estadísticas y la persecución  de una mujer a la que no conoce más que por una ficha del registro. Esto es otra historia. 


Prentis es un funcionario (no forma parte del cuerpo de policía) del departamento llamado "Dead Crimes" de los archivos de la policía de Londres. En este departamento se mantiene los registros de aquellos crímenes cuya investigación ha sido abandonada por la policía tras haber avanzado parcialmente en los mismos. 

"¿Se ha preguntado usted alguna vez que ocurre a los registros de los crímenes o la evidencia de posibles crímenes, referidos a los últimos años que, debido a un motivo u otro - frecuentemente la muerte de una o varia de las partes implicadas - han dejado de ser investigadas?. Un sospechoso de abusos infantiles, por ejemplo, que se suicida antes de que se inicien los procedimientos, de forma que tras la encuesta el caso es oficialmente cerrado... // ... En nuestros depósitos podrá encontrar registros de asesinatos de un siglo de antigüedad, incendios, robos y fraudes - el deleite de los criminólogos profesionales que admitidos solo tras los más estrictos permisos se sientan, a veces el día entero, en los escritorios iluminados por las lámparas."


Además de su trabajo, Prentis vive obsesionado por el libro de memorias de la guerra que su padre (héroe del ejército británico) escribió, leyéndo y releyendo este todos los días, rumiando sus sentimientos de inferioridad e inadecuación. Para colmo su padre se ha aislado del mundo, estando en una institución mental porque lleva dos años sin habalr con nadie. También vive acuciado por una nefasta relación con su mujer e hijos, que hace tiempo rebasó el límite del maltrato. Pero además su jefe le atosiga en el trabajo, esperando unos resultados de su labor que él no puede proporcionar.

Ahora bien, el tema es: "¿y si resulta que todo esta conectado entre si?". Su trabajo con fichas de crímenes "caducados", la extraña conducta de su jefe, el desprecio evidente de sus hijos pequeños y la sumisión de su mujer. Y sobrevolando todo, el libro de su padre. El libro de ese espía Conocido por el nombre clave de "Shuttlecock" (que es el objeto que aquí creo se denomina "mosca" usado como pelota en el deporte del bádminton). ¿Podrá haber un hilo intangible que todo lo ate?.




La verdad es que la forma que tiene Swift de explorar lo que podríamos llamar "complejo de culpa" del protagonista entrelazado con una trama de suspense que contribuye a mantener de manera muy aceptable el tono general de la novela es francamente buena. Una novela que en caso de no alcanzar este equilibrio podría fácilmente resultar farragosa se convierte en algo bastante dinámico, alternando la historia del padre de Prentis y su relación con este antes del evento y las relaciones de Prentis, por un lado con su jefe, Quinn, otro personaje interesante donde los haya, y por otro con sus hijos y su mujer, con los que se ve empujado a repetir la historia de su infancia en otra vuelta del mito del eterno retorno.

En realidad es una especia de novela de madurez o iniciación (un Bildungsroman) en el que Prentis nombre derivado por el autor de Apprentice) debe transitar la vía del aprendizaje para obtener su maestría, su título de maestro en la disciplina de su propia vida. También es un estudio acerca del poder y de como se puede tensar la verdad de manera sorprendente la verdad para poder ejercer el poder absoluto o casi. Aquel que en su infancia comienza torturando a su hámster continúa más adelante con su familia. No soy muy de usar ciertas palabras, pero aquí es inevitable hablar de "alienación", la sensación de que Prentis ha sufrido este proceso respecto de su familia, su trabajo, su padre y la propia naturaleza, el evidente complejo de inferioridad que le contamina se huele en todo el texto. Solo al final, de repente, encontramos que esa sensación ha desparecido de repente, sin darnos cuenta, el protagonista es un hombre normal, casi sin sentir empezamos a entender que ha pasado su ritual iniciático. Claro que el abrir los ojos solo le lleva a otras disyuntivas acerca de su vida, de la justicia, del poder...

No diré que Graham Swift sea mi escritor preferido de entre los de su generación, pero su solidez me parece innegable. Este escritor ingles, al que conocí por su obra Waterland y por su amistad con Ted Hughes, al que defiende a capa, pluma y espada, aparece cada cierto tiempo por mi biblioteca (su obra no es muy extensa). También recuerdo haber asociado su nombre con la controversia creada por la excesiva similitud de su premiada obra Last Orders con As I lay Dying de Faulkner (similitudes un tanto exageradas por sus detractores en mi opinión). Siempre he tenido tras leerle la sensación de haber ganado algo. Y de eso va todo esto, ¿no?.



Graham Swift (© Micha Theiner)

Durante mucho tiempo estaba convencido de haber leído toda la obra de Swift, que comencé del tirón tras leer Last Orders (que me encantó) y tras subir alguna montaña como Waterland (El país del Agua), que me costó algo más de esfuerzo por la lentitud del texto (esta novela es hoy texto de referencia en los programas educativos ingleses). Así que fue toda una sorpresa encontrarme esta novela el otro día por casualidad en una librería de Dublín sin que me sonara el nombre de nada. Y es que muchas de ellas las leí primero en español y solo alguna la releí en inglés más tarde y esta obra de 1981 (la segunda que Swift escribió) no ha sido traducida (hasta donde he podido investigar) al español.

En inglés: Graham Swift. Shuttlecock. Edt Picador. 2010. 248 pps.


8 comentarios:

  1. Tiene muy buena pinta, me ha gustado tu reseña así que lo voy a buscar.
    un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Fenomenal. Espero que te guste. A mi me ha dejado muy buen "sabor de boca".
    Como digo, me suele pasar con Graham Swift.
    Un cordial saludo.

    ResponderEliminar
  3. Recuerdo haber leído Waterland hace tiempo, una novela que me dejó la impresión de encontrarme ante un excelente escritor, pero de esos que no le ponen las cosas fáciles al lector. Por cierto, no soy experta en el tema, pero siempre que he jugado a bádminton a esa pelotita le llamábamos "pluma".

    ResponderEliminar
  4. Si, "pluma" o "volante" parece más adecuado.
    http://es.wikipedia.org/wiki/Volante_(bádminton)
    Se nota que tampoco he jugado nunca al badminton y debe ser el único deporte raro que no me he tragado en las olimpiadas (si es que es olímpico).
    Saludos.

    PS: Efectivamente Waterland no es un libro para que las masas caigan rendidas a los pies del escritor, pero como tu ya descubriste, recompensa...

    ResponderEliminar
  5. A mí Waterland también me encantó, y aprendí mucho sobre las anguilas. Algún día de éstos tengo que hacerme con la película que hicieron, con Jeremy Irons, que nunca llegué a ver.
    Sobre esta novela, creo que la tengo por casa. No me decidía a leerla por las críticas que mencionas debido a su parecido a As I lay dying (que nadie me toque ese Faulkner), pero después de tu entrada creo que me animaré.

    ResponderEliminar
  6. La que se parece a la obra de Faulkner es otra, "Last Orders" ("Ultimos tragos" por aqui), que es quizá la mas famosa por ser la más premiada (a pesar de la polémica) y por la película (bastante buena) que hicieron tirando de Michael Caine y Bob Hoskins, que está bastante bien (la de Waterland con Irons es estupenda, aunque hace lustros que la vi).
    Si te animas espero que te guste.

    ResponderEliminar
  7. Es verdad, me he hecho un lío. A esas horas de la noche...

    ResponderEliminar
  8. Desde luego es comprensible. Y eso que no estarás a 50º C, como por estas tierras.
    :-)

    ResponderEliminar