sábado, 18 de diciembre de 2010

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal





A algunos de mis amigos le apasionan los aviones y los coches potentes. A otros las motos. A mi me gustan más los trenes. Todos. Por ahi empezó hace años una conversación que acabó en que me dijeran "pués hay un libro dedicado a los trenes y un muchacho que conduce un tren o algo así...". Fue lo primero que leí de Hrabal y no se si decir que sigue siendo una de mis favoritas entre sus obras, porque lo son casi todas. No obstante, en mi opinión, queda por debajo de "Una soledad demasiado ruidosa".

Mucha gente conoce esta obra por la famosa película de Jiri Menzel que obtuvo en 1963 el Oscar a la mejor película extranjera. No obstante, en esta película coincido con lo que Elena opinaba hace poco respecto de la película que Menzel también hizo basada en otra de sus novelas ("Yo que serví al rey de Inglaterra"): la película es muy buena, pero tiene uno la sensación de que a Menzel se le escapa algo de la novela, algo se ha deslizado de ella.




Hace poco hablaba de los curiosos empleos que tuvo que desempeñar Jeanette Winterson en su juventud. Hrabal también desempeño varios bien curiosos después de que en 1938 los alemanes invadieran Bohemia-Moravia y le obligaran a abandonar sus estudios universitarios de derecho. Cuatro concretamente, cada uno durante cuatro años. Y de cada uno salió una obra literaria, como bien nos resume la introducción a este libro. Trabajó como ferroviario ("Trenes rigurosamente vigilados"), en una fábrica metalúrgica ("Anuncio una casa donde ya no quiero vivir"), prensando papel en un centro de reciclaje ("Una soledad demasiado ruidosa") y se encargó de la tramoya de un teatro ("Bodas en casa").



En esta novela tenemos un protagonista: Milos Hrma, aprendiz de ferroviario que trabaja en una estación en un pequeño pueblo de Checoslovaquia, a medio camino entre Praga y la frontera alemana (el bombardeo de la Ciudad de Dresde juega su papel en esta obra). Nuestro año: 1945. Acaba de reincorporarse a su trabajo tras haber tratado (a sus 22 años) de suicidarse cortándose las venas. Allí se reencuentra con sus dos compañeros de estación y aquí comienza el humor semi-delirante de Hrabal: uno de los compañeros es el ferroviario Hubicka, que está pendiente de ser expedientado por haber, en un arrebato de pasión, cogido a la telegrafista de la estación y haberle estampado en el trasero todos los sellos oficiales que hay en la misma, uno por uno. Como prueba del hecho, la compañía ha tomado fotografías de dicho trasero que muestran el sacrilegio de que algunos de los sello incluso contienen palabras alemanas. El otro, el jefe de estación, cría palomas (inicialmente palomas alemanas de Nuremberg, pero tras la invasión alemana, las mató a todas y las cambió por palomas polacas) y las lleva siempre encima, literalmente, las lleva posadas en la cabeza y en los hombros, como si fueran a arrancar a volar y a elevarle en el cielo. Cada vez que se enfada con sus subordinados, el jefe de estación le grita a las paredes del patio o le monta una buena a su esposa. Mientras, Milos no hace más que recordar que su intento de suicidio fue debido a que tuvo una eyaculación precoz cuando trató de tener su primera relación sexual y desde entonces no se considera "un hombre completo". La historia a partir de ahi es muy sencilla, tan, tan sencilla (tan de Hrabal) que más de uno de mis amigos a los que se la recomendé en su tiempo, consideró el libro aburrido o insustancial, porque solo en el último tercio ocurren "cosas" de las que le gustan a muchos de los lectores. Todo ello relacionado con los "trenes rigurosamente vigilados" (los trenes alemanes que atraviesan la estación, hacia o desde el frente, cargados de carros de combate o munición). Pero a mi me parece algo similar a un tranquilo paseo por el campo y al final de este, unos fuegos de artificio que te deslumbran.

Un libro, como digo, muy Hrabaliano. Por cierto, uno de los que prefiere uno de mis escritores centroeuropeos más admirados: Kundera. La ingenuidad de este muchacho, su humanidad en los momentos del final del libro y en gran medida su simplicidad durante todo el mismo, hacen que le apreciemos. Un protagonista muy diferente y a la vez muy parecido al de Hanta en "Una soledad demasiado ruidosa". Una delicia para los que gustaran del soldado Svejk.

Algunas escenas son inolvidables: el abuelo mentalista de Milos, hipnotizador, que se opuso a la tropa alemana que invadía el pueblo, colocándose en la carretera delante de los tanques, con los brazos extendidos, tratando de hacer a los alemanes volver a su país, regresando por donde habían venido, solo mediante el poder de su mente. Esta misma será la motivación de Milos "Deberíais haberos quedado en casa, sin mover el culo de la silla".





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