martes, 12 de octubre de 2010

The secret Rose (La Rosa Secreta) y Red Hanrahan (Hanrahan el rojo), de William Butler Yeats







Muchos son de la opinión de que cuando murió Yeats, murió el último bardo irlandés. Y además se fue el último poeta metafísico. La labor de este hombre resultó ser de una amplitud sorprendente. Tanto que muchas veces solo se refiere como algo secundario que recibió el premio Nobel de literatura. Yo creo que realmente era algo secundario. Merecido como el que más, pero secundario. Yeats desarrolló una actividad literaria y extraliteraria digna de consideración. Destacó sobre todo como poeta. En mi último viaje a Dublín compré un volumen de su poesía, seleccionado por el también poeta y premio Nobel irlandés Seamus Heaney, del que hablaré más adelante. Periodista, senador y activista político, empresario teatral... todo valía. No menos apasionante fue su vida personal y cultural. Su tormentosa vida amorosa, sus lazos (muy intensos, muy profundos) con el ocultismo (antes que nada con la tradición celta, pero además con orientalismo, rosacrucianismo, masonería...). La tradición, el esoterismo, la vida y la muerte, el sexo, la vejez y la enfermedad... todo son fibras de cáñamo que tejen la estera de su obra. No todo el mundo descubre durante su luna de miel (tras casarse a los 52 años) que su nueva esposa es una magnífica médium que puede comunicar con el más allá a través de la técnica de la escritura automática. No me acercaré aqui a las múltiples interpretaciones esotéricas de su obra que se pueden leer, indudablemente unas con más acierto y otras francamente disparatadas.

Su vida sexual fue objeto de burla (lejos de la imagen de poeta laureado) y, como no, sus intereses o pasiones en la astrología, el esoterismo y el mundo de la tradición en general, encendió y aun hoy enciende, las más ardientes polémicas. Pero como maravillosamente expresó Auden en el poema elegiaco que le dedicó a su muerte, “los poemas no se enteran de la muerte del poeta”.

Yeats, dublinés por nacimiento, se crió en la provincia de Sligo, Y esto tiene mucha relevancia, tanta que es el eje fundamental de obras como “El crepúsculo celta” y las dos que se agrupan en este volumen: The secret Rose (La rosa secreta) y Red Hanrahan (Hanrahan el rojo). Se empapó de las tradiciones irlandesas que aun eran la trama fundamental de las narraciones de la gente de Sligo, rechazando cualquier tradición o leyenda anglosajona. Son dos recopilaciones de leyendas que giran en torno a la decadencia del mundo tradicional irlandés, que ya entonces (mucho antes en realidad) está totalmente desbordado por la religión católica, la política inglesa y el aplastamiento general de la Tradición en su sentido más amplio. Sus protagonistas son (se manifiesten de manera más o menos clara) los Sidhe (Aes Sidhe o la Raza de los Túmulos), la denominación irlandesa para el mundo de los elementales y muy particularmente las hadas, que se manifiestan en la realidad concreta o en los sueños, que interfieren en las acciones de los hombres, llevándoles por caminos errados que conducen a su muerte, participando en sus juegos o combatiendo a su lado) y también el pueblo del Gael (los irlandeses antiguos, de origen celta, opuesto a los descendientes de los invasores anglosajones), que hablan la lengua de Ogham. La decadencia de la Tradición que refleja el libro me genera una tristeza enorme: un juglar crucificado por protestar por los monjes de una abadía e invocar a los antiguos dioses, que muere entre pordioseros; un caballero que acaba sus días en brazos de un idiota que no sabe entender el mensaje que aquel le transmite; el hijo de la gran Reina de Irlanda, criado por una nodriza y llevado a la sangre de los Sidhe por las comadres del halcón gris, que hacen que tenga extremada sabiduría además de plumas de halcón por cabellos, que llega a descubrir su incapacidad de adaptación a la Irlanda de los invasores... La extinción de una era. Las leyendas de Hanrahan el rojo tampoco deben ser infravaloradas. Este maestro de escuela poeta está basado en realidad en un bardo que existió realmente: Owen Roe O´Sullivan. Alto, fuerte y pelirrojo, en Irlanda se asociaba tradicionalmente a los maestros de escuela con la transmisión de la tradición. Hanrahan al que Ellos (los Sidhe) se lo llevaron una noche en que tenía que acudir a reunirse con su amada, a la que nunca encontró, dedicándose desde entonces a vagar contando historias, con su libro de Virgilio y su tintero colgado del cuello.

“¿Porqué. preguntó el anciano, temes a los antiguos dioses, a los que hacían que las lanzas de tus padres fueran resistentes en la batalla, y a esos pequeños seres que salían de noche de las profundidades de los lagos y cantaban con los grillos junto a sus hogares?. En nuestro día fatal ellos seguirán velando por la hermosura de la Tierra”.

Como activista político Yeats participó como independentista antibritánico. Su aborrecimiento por los ingleses lo heredó de su madre, y a pesar de vivir gran parte de su vida en Londres, esta aversión (por otra parte nada rara entre los irlandeses de su época y todo hay que decirlo, comprensible en gran medida) nunca dejó de correr bajo la superficie. Cuando se formó el primer senado irlandés, tras la independencia, uno de los sesenta senadores fue este hombre.

Como anécdota de regalo, que recogía Hermione Lee en el libro que comentaba hace poco (“Virginia Woolf´s Nose”) podemos hablar de la incertidumbre que rodea los restos mortales de Yeats. Fue enterrado el 30 de enero de 1939 en un cementerio anglicano en Roquebrune (Francia). Su esposa alquiló el nicho durante diez años solamente, porque planeaban llevárselo de vuelta a Sligo en septiembre de ese mismo año. Pero los acontecimientos (el inicio de la segunda guerra mundial), dieron al traste con esas ideas. En 1947 descubrieron que la concesión había expirado tras cinco años, no diez, y los huesos de Yeats habían sido retirados y llevados al osario. Siguieron confusas negociaciones entre la viuda, los amigos del poeta, las autoridades locales y el gobierno francés. Parece ser que en marzo de 1948 los restos fueron identificados, aunque quedaban ciertas dudas, puestos en un nuevo ataúd y mandados a Galway. Fue reenterrado en Drumcliff en septiembre de 1948. La asistencia al sepelio fue masiva. Pero persistían los rumores de que los huesos se habían mezclado en el osario.

Por cierto, este es el monumento a Yeats en Stephen´s Green, realizado por Henry Moore y colocado en un remanso de paz del parque, en un graderío de escalones que en el buen tiempo pueden resultar un entorno magnífico para leerlo.


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