sábado, 9 de octubre de 2010

Dubliners (Dublineses), de James Joyce



Pues si, se que suena facilón, pero como en cada viaje, procuro leer alguna novela relacionada con la ciudad a la que voy, en Dublín, aunque en realidad había muchas posibilidades, me decanté por reconciliarme con Joyce un poco.

En realidad no tengo problema en reconocer que no entiendo muy bien el Ulysses, es posible que tenga que releerlo más despacio, no lo sé. Pero mi impresión coincide con la que hace poco le oía expresar a Evelyn Waug. El libro empieza muy bién, pero poco a poco se va convirtiendo en una charla sin sentido, por mucho que me empeñara en entender su finalidad (Waugh lo denominaba gibberish, que es una charla sin sentido, una palabra inglesa que me encanta, aunque él lo extiende a toda la corriente del "flujo del pensamiento" con lo que ya no comulgo nada). El Finnegans Wake simplemente me pareció un experimento delirante (y no muy entretenido) que nunca acabé. Pero hubo dos obras de Joyce que me gustaron mucho, Retrato del artista adolescente y Dublineses. Tenía ganas de releer en su idioma a Joyce y esta oportunidad era de oro.

En resumen ha vuelto a gustarme mucho. Las historias son simples y emotivas. Reflejan situaciones de la vida de Dublín a principios del siglo XX, una especie de fragmento de una biografía de Irlanda. Cada historia refleja una experiencia única en la vida de un personaje. Un niño enfrentado por primera vez con la muerte durante su asistencia al velatorio en la casa de un sacerdote con el que ha mantenido una estrecha relación, un muchacho enamorado de la hermana de su amigo que quiere acudir a una feria para poder traerle un regalo, una muchacha (oprimida por un padre que maltrata a sus hijos, especialmente desde que su madre falleció), que va a escapar del pueblo con su novio que le ha prometido una nueva vida en Buenos Aires. Pero quizá el culmen de toda la obra sea el último relato, "Los muertos" que es el que John Houston reflejó en la película que tituló Dublineses.

Historias de niños que sufren, mujeres humilladas y hombres que beben demasiado. Pero va más allá de esto. Decía Joyce que sus historias “convierten el pan en arte”. Y yo creo que es asi, que convierten lo cotidiano en algo universal, que trasciende la vida de los protagonistas. Al menos lo cotidiano restringido a la ciudad y la época a que se refiere la obra.

A lo largo de toda la obra late bajo la superficie, de manera continua, un fenómeno muy aparente: La muerte. Se abre con al historia del descubrimiento de la muerte por un niño y se cierra con “Los muertos”, el relato de otra muerte. A lo largo de los quince relatos, la muerte es una especie de hilo semivisible que aparece y desaparece en diversas puntadas que cosen las historias. Pero así contado podría hacer creer que los relatos son lúgubres o esencialmente triste. Nada más alejado de la realidad. “Los muertos” es un relato que me produce una sensación de calma y bienestar cada vez que lo leo que ni siquiera yo mismo acabo de explicarme completamente. Es tan profundo el bienestar de las ancianas solteronas por la acogida de su baile, es tan real el hilo conversacional que desarrollan todos los personajes, parece directamente arrancado con un hacha del día de Navidad de alguna familia dublinesa de la época. En realidad la omnipresencia de la muerte revela simplemente una vez más nuestra debilidad. El “nuestra” se refiere a los entes humanos que componemos las generaciones que se interlazan en la actualidad. Creo que únicamente revela que hace solo cien años, había mucha más naturalidad y facilidad para entender la muerte, para entender que es solo un extremo de la vela (por algún lado tiene que comenzar a arder e inevitablemente por el lado opuesto, apagarse), algo que se respiraba a diario, a lo que se le daba probablemente una importancia más ajustada, a veces cercana al desprecio, otras veces reverencial. Hace poco hablaba de las biografías y la evolución de los estilos en que han sido escritas. Un autor dividía las “épocas” de la biografía 4 periodos en virtud de la relación que la sociedad de la época tenía con la muerte. En nuestra época la muerte se oculta, se esconde, se separa de la sociedad que sigue su paso. Los niños nunca o casi nunca contactan con la muerte (he de reconocer que nunca les hablé de ella a mis hijas). La gente no muere nunca en su casa. Se les manda a morir alejados de los suyos en la frialdad de un hospital (os aseguro que es algo horroroso el acabar tu trayectoria en una habitación de hospital, con un médico que ni conoces y algún familiar que podía ir esa noche). No es así para la gente de Dublin de alrededor de 1900. La muerte no es buena ni mala, como la lluvia no es en esencia buena o mala según nos venga en ese momento. Simplemente ocurre. Nos provoca pesar en ocasiones, claro, y nos lo sigue provocando treinta años después de haber acaecido, pero no es algo tan sorprendente.

Son muchas las zonas comunes de la ciudad conocidas para los que allí hemos estado, que aparecen en los relatos, y uno no puede evocar una cierta punzada de orgullo cuando asoman: Grafton Street, Bachelor´s Walk, St Stephen´s Green, Dame Street. Incluso el pueblecito de la bahía al que escapamos un día, Dalkey. No obstante, para quien no ha estado, creo que estos nombres propios tienen la utilidad de seguir remarcando la “localidad” de la obra, lo asociada que está a un lugar concreto, además de a una época en la historia de ese lugar.

Quizá lo que destacaría de la obra junto a su visión “anti-pesimista” de la obra es la capacidad para transmitir los sentimientos de los protagonistas. Según el relato usará Joyce la primera o tercera persona en la narración, el relato (algo arcaico aun) del hilo del pensamiento o la narración aséptica. El dublinés nos deja a nosotros como lectores, el poder, el placer y la obligación de cerrar la obra, de ponerle un final propio y si queremos, de juzgar a los protagonistas e interpretar su conducta. Siempre ha sido referido como uno de los ejemplos de obras modernistas que batallan por acabar con la literatura del siglo XIX. Y desde luego se distancia mucho. Pero mucho. Otros escritores hablan en su obra del engrandecimiento personal que para los habitantes de una ciudad supone el desarrollo de esta, el desarrollo económico y social. Pero Joyce refleja como ese desarrollo también puede pasar por encima del individuo, ignorarlo o aun peor, machacarlo, dejarlo a un lado y luego seguir adelante ignorando que lo ha dejado malherido. La restricción religiosa que ejercían en Dublín los católicos o la política que ejercían los británicos eran el brazo que constreñía la garganta de los dublineses de clase media hasta dejarlos sin resuello. No existe la compasión. Justo bajo una fina capa de interacción social, yace la crueldad y la falta de compasión por los demás. Asi ocurre con las madres de los relatos "A mother" o "The boarding house", los hombres de negocios de "Counterparts". Sus sentimientos estan "paralizados"

Me ha encantado esta obra. hoy en día, tras leerla no puede uno dejar de reflexionar acerca de lo que le costó a Joyce poder publicarla, básicamente por ser considerada indecente e inmoral. Hoy nos podría parecer hasta ñoña en algunos puntos. Es increíble hasta que punto estamos sometidos a la moda del pensamiento imperante. Múltiples recortes y reestructuraciones le fueron impuestas a Joyce, para hoy, tener que ser desandadas y eliminadas. Es con diferencia la obra más accesible de Joyce, sea eso bueno o malo . Los protagonistas, sacados de un corte en el tiempo, como si fuera un solo día concreto en Dublin, cubren desde niños a ancianos, mujeres (interesantísimo el papel de las mujeres a lo largo de toda la obra) y hombres, cultos y analfabetos religiosos y menos religiosos. Todo cabe.

Ya he dicho que no soy (por ahora) admirador de toda la obra de Joyce. Quizá tiene que llegar su momento. Pero aunque sea solo por esta colección de relatos, Joyce merece el puesto que tiene en la literatura y en la historia de Dublin. Alli mira pasar a la gente y observa como han cambiado las corrientes sociales... Esta foto que le hice alli nos lo demuestra.


Pero mi cuerpo era como un arpa y sus palabras y gestos eran como dedos corriendo sobre las cuerdas (Araby).




5 comentarios:

  1. Es curioso, empece Ulises tras la lectura de varias críticas en las que se subrayaba la Odisea como base del relato y las historias encontradas de dos personajes; uno buscando a su hijo y otro en el deseo de dedicarse a escribir.

    Elementos todos ellos muy sugerentes, por lo menos para mí, pero la realidad fue otra; y aquel volumen de Ulises se fue haciendo cada vez más pesado, miraba la portada, los cantos, el lomo, con la esperanza de encontrar alguna razón para continuar; y no la encontré.

    Me sumo al club, con la esperanza de que algún día le daré otra oportunidad.

    Menos mal que "retrato de un artista adolescente" sirvió de quite, de ese amargo sabor de boca que me había dejado.

    Dublineses no lo he leído, y me has suscitado la curiosidad, será el próximo.

    Lo que si recomendaría a todo aquel que no haya leído a Joyce, por favor, no comiencen por el Ulises, no es justo marginar a su autor por este libro.

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  2. Mi experiencia con Dublinenes fue un tanto extraña. Leí la edición de Debolsillo, con traducción de Guillermo Caberera Infante. Dicha traducción estaba salpicada de localismos caribeños que, la verdad, para una española que estaba leyendo a un irlandés resultaban, por decirlo de alguna manera, muy chocantes y desvirtuaban bastante la lectura.

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  3. Si, ese tipo de problemas, que ya intuia yo años atrás, los ratifiqué cuando logré leer los originales en inglés. Como bien dices, ni siquiera que el traductor sea literato de reconocido prestigio te evita los sofocones de las expresiones que chirrían fuera de su país. Además si la traducción es algo antigua te encuentras con costumbres muy comunes años atrás, como la de traducir los nombres propios. Estoy releyendo "Cumbres borrascosas" en inglés y he tenido que regalar la edición de Edhasa de años atrás que tenía en castellano. No puedo soportar ver a Katherine rebautizada como "Catalina". Y peor aun, cuando la llaman cariñosamente Kathy (si, si, como te lo temes, es en español "Cata", como la madre de Manolito Gafotas).
    Es decir, que coincido plenamente en que es un dactor determinante del primer encuentro lector-lectura la traducción de que se disponga.

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  4. Ya que hablas de "Cumbres borrascosas", una edición de Destino que tengo en casa del año 63 (aunque es una reedición no corregida de otra publicada ya en el año 42) es de esas que tú comentas (aunque yo no la regalo ya que le tengo un cierto cariño), tiene los nombres traducidos, diminutivos incluidos, pero lo mejor es la reseña de la pestaña, es de esas de enmarcar: "Esta obra es una larga y extraordinaria descripción de los actos y problemas psicológicos de unos seres locos o perversos que arrastran una existencia mísera y maléfica. Con ellos, su autora, nos ofrece una visón de estos personajes que actúan demoníacamente por aridez protestante que se diluye en todas y cada una de sus páginas".
    Lo escrito en esa pestaña es suficiente para no querer deshacerme del libro. Manías.

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  5. Que bueno. Desde luego es motivo suficiente para no regalarlo. Algunas de esas ediciones tienen mucha gracia. Algunas de las obras de Aldous Huxley que más trabajo me costó encontrar en su tiempo son ediciones de la editorial Reno. Las portadas con dibujos de hace una etrnidad y los resúmenes son para leerlos. En la edición de 1975 de "Arte, amor y todo lo demás", leo: "Es una obra muy típica del peculiar modo de hacer del autor. Como en Los Escándalos de Crome, le basta reunir a unos personajes en un lugar determinado y hacerles hablar". Original técnica la del autor ¿eh?.
    De cumbres borrascosas hace poco compré para regalo la que me pareció mejor traducción actual: La de Alba Literaria, traducida por Carmen Martín Gaite. Ahora, prepara la tarjeta de crédito...

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