domingo, 7 de febrero de 2010

Ursula K Le Guin y los aeropuertos





A veces, cuando viajo, me encuentro con diversas personas que me preguntan si no me da miedo volar (o simplemente me confiesan que a ellos si) o que si no aborrezco los aviones y la idea de estar suspendido entre el cielo y el suelo. Siempre les he dicho lo mismo. Los aviones me dan igual. Son prácticos y recorren largas distancias en un corto periodo de tiempo. Indudablemente son incómodos en muchos aspectos y mejorables en todos.

Pero lo que yo si que aborrezco y no es mucha la gente que me lo refiere, al menos en las primeras fases de la conversación, son los aeropuertos. He tenido la suerte (pues en el fondo es una suerte que indica que he podido viajar) de que me retengan en condiciones indignas en Nueva York (quítese zapatos, quítese cinturón, saque todo de la bolsa y pase a esa sala con paredes de plástico y unas 20 sillas para alojar los pasajeros de un vuelo de 300 personas), en Heathrow (Londres), más de dos horas y media esperando a que salieran las maletas, de las que la mitad se habían perdido (la mía afortunadamente no), historia que se repitió en Fiumicino (Roma), aderezada por el cachondeo de los simpáticos guardias italianos. Y asi podría seguir. Realmente contaría con los dedos de media mano las veces que es aeropuerto ha sido lo que debe ser: una zona de paso rápido.

Por eso, cuando encontré este párrafo en una obra de la maravillosa escritora californiana, me senti reconfortado, con una sensación de identidad mental. Dice asi:

El alcance de un avión –unos cuantos miles de kilómetros, el otro lado del mundo, las palmeras cocoteras, los glaciares, los Polos, un lama, una llama, etcétera- es penosamente limitado si lo comparamos con la vasta extensión y variedad de experiencias que puede proporcionar, para los que saben usarlo, un aeropuerto.
Los aviones están abarrotados, contaminados, son estrechos, ruidosos, inquietantes y aburridos, y en ellos sirven por costumbre comida asquerosa y a intervalos en absoluto razonables. Los aeropuertos, aunque más grandes, comparten con los aviones las aglomeraciones, el aire viciado, el ruido y la tensión implacable, pero su comida es a menudo incluso más asquerosa, ya que consiste casi siempre en trozos de algo frito; y los lugares donde comérselos son deprimentes hasta el suicidio. En el avión todo el mundo está atrapado en un asiento por un cinturón y uno solo puede moverse durante muy cortos periodos de tiempo, cuando se le permite estar de pie en una apretada fila esperando vaciar las vejigas, para justo antes de alcanzar el cubículo del retrete ser hostigado por un altavoz gruñón hasta que uno vuelve a su atada inmovilidad. En el aeropuerto, personas cargadas con sus equipajes corren de acá para allá a lo largo de pasillos sin fin, como almas a las que el diablo hubiese proporcionado un mapa diferente e inexacto de la ruta de escape del infierno. Esas personas apresuradas son contempladas por otras sentadas en sillas de plástico atornilladas al suelo, y que bien podrían estar también atornilladas en los asientos. Así pues, hasta ahora, aeropuertos y aviones son iguales, del mismo modo que el fondo de una fosa séptica es, por regla general, igual al fondo la siguiente fosa séptica.
Si tanto usted como su avión son puntuales, el aeropuerto es simplemente un difuso, corto y desdichado preludio del intenso, largo y desdichado viaje en avión.
Pero cuando existe un intervalo de cinco horas entre su llegada y el enlace de su siguiente vuelo, o su avión ha llegado con retraso y usted pierde su enlace, o el avión de enlace va a llegar tarde o el personal de otra compañía aérea está en lucha por un paquete de ventajas salariales y el Gobierno aun no ha ordenado a la guardia nacional controlar esa amenaza contra el capitalismo internacional, o el personal de su compañía aérea está intentando por segunda vez controlar a tanta gente como de costumbre, o hay tornados, o tormentas eléctricas o tempestades de nieve o importantísimas piececitas del avión estropeadas o alguna de los otros miles de razones (nunca, bajo ninguna circunstancia, por culpa de las compañías aéreas, y raramente explicadas a tiempo), en todos estos casos, las personas que tienen reservados asientos en un avión se sientan y se sientan y se vuelven a sentar en los aeropuertos sin ir a ningún lado.
En este probablemente su verdadero sentido, el aeropuerto no es el preludio de un viaje, ni tampoco un lugar de transición. Es una parada. Una obstrucción. Un estreñimiento. El aeropuerto es dede donde usted no puede ir a ninguna otra parte. Un no lugar en el que el tiempo no pasa y donde no hay esperanza de existencia significativa alguna. Una terminal: el fin. El aeropuerto no ofrece nada a ningun ser humano excepto el acceso al intérvalo entre los aviones.
Sita Dulip, de Cincinatti, fue quien primero reflexionó acerca del tema y quien descubrió la técnica del viaje interplanar que ahora ponemos en práctica la mayoría de nosotros…”
Y aqui empieza propiamente el relato, que por cierto se llama "Planos paralelos" y es magistral (lo cual no sorprenderá a nadir que haya leido a la mejor escritora femenina de fantasía y ciencia ficción. Sita descubre un método para aprovechar las largas esperas en los aeropuertos para trasladarse a universos paralelos, hasta el punto de que nace una agencia de viajes interplanares. Delicioso.
Y como postre, una frase: " Las tiendas del aeropuerto no vendían libros, solo bestsellers, que Sita Dulip no podía leer sin riesgo de severas reacciones sistémicas". Lo podría hacer mi "motto".

1 comentario:

  1. Valga este mensaje como botella de champán rompiente y úsese para inaugurar los comentarios de éste blog beta 1.0.
    Dale salida que tienes futuro en ésto...

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